La trampa de la amabilidad

La trampa de la amabilidad

Hace poco, en un taller de Red Directiva con líderes escolares, les pregunté: Frente a una situación difícil con alguien de su equipo, ¿quiénes tienden a cargarse hacia la dureza (tensionando la relación) y quiénes hacia la amabilidad excesiva (evitando decir las cosas como son)? Prácticamente el 99% se reconoció en este último grupo. Las razones eran muy comprensibles: miedo a que la otra persona se sienta mal, a generar un conflicto o incluso a que un profesor termine pidiendo una licencia.

Es la trampa de la amabilidad excesiva: cuando por proteger la relación evitamos poner los temas incómodos arriba de la mesa: postergamos la conversación, suavizamos el mensaje o esperamos que el problema se resuelva solo. Al final, terminamos evitando la honestidad y con ello, “protegemos” al equipo de su propio crecimiento.

Obviamente, la alternativa no es irse al otro extremo y comenzar a decir todo lo que pensamos sin considerar cómo será recibido. Las conversaciones honestas necesitan seguridad psicológica. Amy Edmondson ha mostrado la importancia de construir equipos en los que las personas puedan reconocer un error, pedir ayuda, plantear una discrepancia o decir “no sé” sin temor a ser castigadas o humilladas.

Pero seguridad psicológica no significa ausencia de exigencia. Lo que buscamos es precisamente la combinación de alta seguridad y altos estándares: una cultura donde podemos equivocarnos y hablar abiertamente de nuestros errores, aprender de ellos y mejorar. De esta manera, la seguridad psicológica permite que podamos hablar con honestidad de las cosas difíciles y a la vez mostrar consideración por los demás.

Los líderes tenemos un papel fundamental en construir esa cultura y una de las maneras más poderosas de hacerlo es modelar la apertura que esperamos de los demás. Preguntar genuinamente ¿qué podría haber hecho mejor? o ¿qué crees que no estoy viendo? y escuchar la respuesta sin justificarnos inmediatamente. Es difícil pedirle a un profesor que reciba bien una observación crítica si nunca ha visto a sus líderes recibir una.

Quizás, entonces, necesitamos revisar nuestra definición de amabilidad. Ser amable no es evitar que alguien se sienta incómodo ni bajar los estándares para preservar una buena relación. Es tratar a las personas con respeto, confiar en sus capacidades y estar dispuestos a decirles aquello que necesitan escuchar para poder mejorar. En educación esto es especialmente importante porque las conversaciones que evitamos no afectan solamente a los adultos: si dejamos pasar una clase deficiente o un acuerdo incumplido finalmente son los estudiantes quienes reciben menos de lo que podrían recibir.

¿Te ha pasado que has postergando una conversación por temor a tensionar la relación? ¿Qué puedes hacer para que en tu equipo se pueda hablar con honestidad sin amenazar la relación?

Trinidad Montes

Directora Ejecutiva

Red Directiva