Este año, a diferencia de varios anteriores, dediqué la última semana de mis vacaciones a ordenar mi casa: boté papeles acumulados, ordené mis libros, saqué (infinito) polvo. Y me propuse partir el año con un sistema que me permita que ese orden y limpieza se mantengan hasta diciembre.
Algo parecido me tocó hacer esta semana, cuando trabajé con el equipo de profesores de un colegio diseñando el sistema de reglas y procedimientos que les permita construir una cultura escolar con foco en los aprendizajes.
Al principio, ambas cosas parecen un gasto de tiempo. No lo son. Son una inversión.
Quien ha intentado ordenar una casa sin un sistema lo sabe: el orden dura poco. Lo mismo ocurre en un colegio. Si no existen acuerdos claros sobre cómo funcionan las cosas —desde cómo comienza una clase hasta cómo se corrige una conducta o cómo se organizan los materiales— la cultura escolar termina dependiendo del estilo individual de cada profesor y del ánimo del día.
Una cultura escolar fuerte, en cambio, se construye desde el primer día y depende de que cada uno de los adultos del colegio la sostenga y promueva. Si queremos iniciar el año promoviendo una cultura escolar positiva y orientada al aprendizaje, les comparto tres consejos que pueden resultar útiles.
Primero, tener una visión clara de cómo queremos que las cosas funcionen.
El equipo directivo y docente debe acordar y ser capaz de describir con precisión cómo se debe ver un buen funcionamiento cotidiano del colegio. No basta con declaraciones generales sobre respeto o aprendizaje: es necesario traducir esas aspiraciones en prácticas concretas. ¿Cómo se entra a la sala? ¿Qué ocurre cuando un estudiante interrumpe? ¿Cómo se usan los cuadernos o los textos? Cuando estas definiciones existen, los profesores no tienen que improvisar permanentemente y los estudiantes saben qué se espera de ellos.
Segundo, asegurarnos de que todos estemos a bordo y comprometidos con implementar esa visión.
Definir reglas y procedimientos no basta si cada profesor los interpreta de manera distinta. La cultura escolar se construye cuando los adultos del colegio comparten criterios y se sienten responsables de sostenerlos. Eso requiere tiempo de trabajo conjunto: discutir las normas, practicar cómo aplicarlas, revisar ejemplos y anticipar dificultades. Cuando los estudiantes perciben coherencia entre los adultos, el colegio se vuelve un espacio más predecible, más seguro y más propicio para aprender.
Tercero, monitorear permanentemente cómo lo estamos haciendo y evitar que “todo se derrumbe”.
La cultura escolar no se instala de una vez para siempre. Si no se cuida, se deteriora rápidamente. Por eso los equipos directivos necesitan observar salas de clase, conversar con los profesores, revisar prácticas y volver sobre los acuerdos iniciales durante el año. No se trata de controlar por controlar, sino de acompañar, ajustar y sostener aquellas prácticas que hacen posible que el sistema funcione.
Al final, construir una cultura escolar positiva se parece mucho a ordenar y mantener ordenada una casa. Requiere tiempo al principio, acuerdos claros y la decisión de sostenerlos día a día. Pero cuando ese sistema existe, todo funciona mejor: hay menos ruido, menos desgaste y más espacio para lo importante.
Y en un colegio, lo importante es que los estudiantes puedan aprender.
Trinidad Montes
